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2012-09-17T13:57:00+02:00

MI HIJA, MI MAESTRA.

Publicado por El mundo de Ana Pascual

tarta-Martina-copia-1.jpgHace tres semanas fue el cumpleaños de mi hija. Hizo dos añitos. ¡Ya!. Como pasa el tiempo. Hace dos días no hablaba, no podía siquiera mover a su voluntad ni los bracitos... Desde luego que crece rápido y cada edad es una aventura, es algo nuevo, cada edad tiene su encanto y me encanta (valga la redundancia) vivir minuciosamente cada etapa de su crecimiento.

En estos dos años, he aprendido de mi hija tantos valores, cualidades y lecciones de lo que jamás hubiese imaginado. He podido observar  como el ser humano desde bien pequeño, nace libre de prejuicios, de maldad, nace puro. Es tan bonita la infancia, hay tanta imaginación, hay tanta alegría en un niño. Da igual la madre que tenga, todos estamos programados para amarla sea como sea. Y eso, ya de por sí, es una gran lección.

En estos dos años, he aprendido muchísimo de los niños en general  y de mi hija en particular. Cualquier madre que lea este artículo creo que se sentirá identificada, que sentirá exactamente lo mismo que siento yo y que verá lo mismo que veo yo.

Lo más importante, a mi parecer, para entender a un hijo, es empatizar con él. Es decir, ponernos en su lugar, hacer un regreso al pasado, intentar acordarnos de cuando éramos unos niños, como veíamos a los adultos, la vida... tampoco hace tanto que éramos unos críos ¿no?

Digo lo de empatizar, porque alguna vez, los adultos, nos contradecimos con lo que intentamos enseñar a nuestros hijos y nuestro comportamiento. Por ello, los podemos confundir y por eso, debemos ponernos en su lugar. A partir de esto que digo, os voy a poner varios ejemplos para que me entendáis.

images-copia-4.jpgMi hija me ha enseñado que es una buena persona.

Cuando una mujer dice que su marido es muy bueno, probablemente sea un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable... Pero, si una madre dice "mi hijo es muy bueno", casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que "no hace más que comer y dormir" (a un marido que se comportase así le llamaríamos de todo menos bueno). O es que no hemos oído miles de veces la frase de típica de madre de: "¡Qué bueno es... cuando duerme!".

Por eso, porque la sociedad no se pone en el lugar de los niños, vemos como los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se dice que cualquier cosa que hace un niño cuando está despierto ha de ser un problema.

Nadie nos dice, ni siquiera en un sólo medio de comunicación que nuestros hijos; incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes. Que nuestros hijos corran, salten, trepen por la ventana, que griten, que liberen energía, que se despierten por la noche pidiendo mimos, que lloren, no debe suponer ningún problema, son cosas normales de la infancia, y a veces, oyes a algunas madres, abuelas, cuidadoras, a las que todo eso les supone un problema tras otro...

 

compartir-copia-1.jpgMi hija me ha demostrado que es generosa.

Martina estaba jugando este verano en la playa con su cubo de princesas, su pala rosa y su rastrillo. Un niño un poco más pequeño que ella se acercó a ella, se sentó a su lado y, sin mediar palabra (no parecía que supiera hablar aún) se apoderó del rastrillo, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Martina decidió que en realidad el rastrillo era mucho más divertido que el cubo y lo quiso recuperar corriendo, quitándoselo al niño. Ni corto ni perezoso, el otro niño se levantó y se puso a jugar con el cubo y la pala. Martina (a la que yo observaba sin quitar ojo, para ver su reacción) se puso a mirarlo, en ese momento creo que comenzó a preguntarse si su decisión habría sido la correcta. ¡El cubo parecía ahora tan divertido!

En ese momento pensé: "Algo no estoy haciendo bien, porque mi hija, la que antes daba todo, ahora no sabe compartir". Pero en seguida me di cuenta, que el rastrillo y el cubo eran las más preciadas posesiones de mi hija en ese momento, como para mí, pues no sé, mi reloj, mi coche... Y que unos minutos son para ella una eternidad. Imaginé en ese momento, que yo llegaba con mi coche a la playa, me bajaba de él y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. Sólo porque he dejado de utilizarlo un momento. ¿Cuántos segundos hubiese tardado en empezar a gritar y a llamar a la policía? Por eso, definitivamente, nuestros hijos, y que no nos quepa la menor duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.

 

DESINTERES.jpgMi hija me ha demostrado lo desinteresada que es.

En una ocasión, una noche de invierno, yo estaba super cansada, había tenido un día muy atareado y bueno, recuerdo que Martina acababa de mamar; no tenía frío, no tenía calor, no tenía sed, no le dolía nada... pero no paraba de llorar. Y me preguntaba, ahora, ¿qué más quiere?

 Pues sí, lo averigüé. Me quería a mí. Porque no me quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. Mi hija me quiere a mí, como persona. ¿En realidad, no preferiría que me llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? porque entonces querría  decir, que sólo me llama por interés.

El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. Hay estudios que demuestran que  incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres. Aunque desde luego estos padres no lo merezcan.

 Un amor tan grande a veces nos asusta. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces, más de una vez, bien porque estamos distraídos, ocupados, o simplemente cansados, hacemos oídos sordos cuando sólo dicen "mamá" o "papá". Creo que por eso muchos niños se dedican a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se dedican a eso porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", la mayoría no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién? Nadie me puede negar que alguna vez no ha hecho oídos sordos.

 

VALIENTE.jpgMi hija me demuestra lo valiente que es.

Por ejemplo, si en un hipotético caso, yo estuviera en la cola del banco y de repente, entrara un atracador con un pasamontañas y una pistola. Y gritara: "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!". Seguro que todos los que estuviéramos allí, sin rechistar, lo haríamos. ¿Creéis que un niño de dos o tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, el niño llorará más fuerte.

Los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.

Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. No hace mucho leí, que hace unos 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso, la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los padres.

 

PERDONA.jpgMi hija sabe perdonar.

No hace mucho, Martina estaba en el baño y cuando empecé a lavarle el pelo, de repente se echó a llorar, se enfadó, no quería que le echase champú en el pelo. Al final, pensé en dejarla, pero terminé el baño. En el momento que salimos por la puerta del aseo (o sea, cuando desapareció la amenaza, tras sorber los últimos mocos y cuatro congojas), Martina de repente estaba como nueva. Saltaba, corría, se reía, ¡¡hasta me hacía la pelota!!. ¿Será posible, lo teatrera que es?, era todo cuento...

Pues no, luego lo pensé, no era cuento. Martina, se enfadó mucho, muchísimo, más incluso que yo, pero me demostró que ella, sabe perdonar más rápidamente. Ella no es nada rencorosa. El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato y leal.

 

CEDER-copia-2.jpgMi hija (los niños, en general) demuestran diariamente que saben ceder.

Voy a poner un ejemplo y poneros en antecedentes antes de deciros la lección que he aprendido.

Si nos damos cuenta y lo pensamos tranquilamente, nuestros hijos duermen en el dormitorio que nosotros sus padres, le hemos asignado, en la cama que le compramos, con el pijama y las sábanas que nosotros hemos elegido. Se levantan cuando les llamamos (aunque en el caso de mi hija, siempre es ella la que nos despierta a nosotros), se ponen la ropa que les indicamos, desayunan lo que le damos, se ponen el abrigo, se dejan abrochar y subir la capucha porque nosotras sus madres tenemos frío y se van al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escuchan cuando les hablan, hablan cuando les preguntan, salen al patio cuando les indican, dibujan cuando se lo ordenan, cantan cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra les diga que ya es la hora) iremos a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentados en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.

Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Mongochante", "la tontería que se agarra y es un poco repugnante" y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, cariño, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una tontería?" "¡Yo quiero un Mongochante, yo quiero, yo quiero...!". Ya tenemos rabieta.

 

Entonces, nosotras las madres, nos quedamos confusas, y una piensa "Vamos a ver, lo de menos son los 10 euros que cuesta el capricho este, pero ya le he dicho que no, ¿Si doy marcha atrás no será malo? ¿Tengo que permitir que se salga con la suya? ¿No dicen los libros, artículos, revistas, expertos, que es necesario mantener la disciplina, que tienen que aprender a tolerar las frustaciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya." ¡Madre mía!, tenemos y debemos ser un poco coherentes y pensar que porque le compres ese Mongochante, nuestro hijo no comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.

 

Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. (Ya hice referencia a esto en mi artículo de "Soy lactivista"). Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es algo bueno, ya que al menos, están reafirmando su personalidad. A mi parecer, claro.

 

SINCEROS.jpgMi hija es sincera.

Y voy a tratar esto con suma ironía, porque es lo que es.

Ay, a veces, ¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esta señora se pinta las cejas?" en un ascensor. (Dedicado a mi querida María, ¡Qué mal rato le hizo pasar a mi yaya!) o ¿Por qué ese señor es negro?".

 

 Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestras retóricas preguntas: "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?", o "¿Crees que se puede comer y ponerte hasta los ojos de salsa de tomate?"...

 

Pero no lo tenemos. No tenemos hijos mentirosos, al menos mientras son niños, porque a los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.

 

PREUICIOS.jpgMi hija no tiene prejuicios.

 Si observamos a nuestros hijos en el parque, pensad si algún día, alguna vez, se ha negado a jugar con otro niño porque es negro o chino,  o porque su ropa no es de marca o si tiene un cochecito viejo y gastado, ¿alguna vez les hemos oído decir "vienen en pateras y  vienen a quitarnos los columpios a los españoles?

Tardaremos unos años a enseñarles esas y otras lindezas.

 

COMPRENSIVOS.jpgMi hija (los niños sen general) son comprensivos.

Mi amiga Mari trabaja en un colegio de niños autistas, ella me contó no hace mucho, que conocía a una familia con varios hijos. El mayor sufre autismo. No habla. Durante años, ha tenido la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Dice que era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.

Si nos fijamos, observaremos estas y muchas otras cualidades en nuestros hijos.

 

Leí hace poco y transcribo "Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.

Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita."

 

FIN.jpgDebemos educarlos, enseñarles el camino, ponerles límites, por supuesto, eso es lo principal, enseñarles lo que está bien y mal y que sus actos tienen consecuencias, pero no solo los malos actos, sino también los buenos, hay que castigarlos si hacen algo mal, porque tienen que aprender, pero siempre SIEMPRE, hay que decirles lo bien que hacen las cosas, hay que animarlos, motivarlos, incentivarlos, quererlos, abrazarlos, premiarlos, claro que sí. Son nuestros hijos, y a unos padres normales, seguro que les cuesta muy poco tener gestos de amor con ellos. Si os fijáis, observaréis que nuestros hijos tienen miles de cualidades, muchas más de las que he nombrado, sólo que hay esforzarse un poco en descubrirlas, hablarlo con amigos y familiares, incluso recordárselas cuando crezcan, ("¡De pequeña eras super madrugadora, no había día que no te levantases después de las 7!").

 

Para mi, la educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo. Eso es lo primero. Nuestro ejemplo.

 

Tenemos hijos maravillosos, seres inocentes, puros, fascinantes...sólo tenemos que amarlos y guiarlos.

 

Nuestros hijos, nuestros maestros.

   

¡FELIZ SEMANA!

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